2084; Aboualem Sansal y su fin del mundo

En 2015, el panorama editorial francés ha publicado dos obras importantes en las que se imagina un futuro en el cual el islam político triunfa. El primero de ellos fue la obra “Soumission” (Sumisión) de Michel Houllebecq del cual se hizo mucho eco tanto la crítica francesa como la prensa española en su momento, cuando apareció en Franca primero y cuando se publicó en castellano más tarde. En su obra, Houllebecq imagina un partido político musulmán que elegido democráticamente se hace con el poder del gobierno y asume la dirección de Francia. A pesar, de la polémica que suscitó la idea en su momento, la novela sorprendió en general al público por su visión relativamente benigna de las posibles consecuencias de la islamización de una sociedad como la francesa. La polémica claro está en la concepción de imaginar que dicho escenario es posible, dando argumentos a todos aquellos que se oponen la inmigración, y sobre todo a aquella que llega desde países con mayoría musulmana. Sin embargo la imagen de sus consecuencias quedan lejos del horrible panorama que muchos lectores quizás esperaban encontrar entre sus páginas.

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A diferencia de la obra de Houllebecq, la obra del autor de origen argelino Aboualem Sansal titulada “2084: el fin del mundo” describe una situación similar pero mucho más oscura.

El título 2084, es una referencia directa a la obra de Orwell 1984, y como ésta, la novela tiene un carácter distópico y apocalíptico. La historia no aparece bien definida en el tiempo pero si que dibuja un futuro sombrío en la que una ideología totalitaria religiosa se ha hecho con el poder. La “religión” imaginada es una parodia del Islam que se centra en la figura de Abi (“el representante”), la deidad Yölah y el libro sagrado Gkabul. Los ciudadanos están obligados a rezar nueve veces al día y desde su ortodoxia se les impone un estilo de vida rígido y totalitario que recuerda a las noticias que llegan desde Corea del Norte. La policía y los agentes secretos espían a sus ciudadanos para garantizan su buen comportamiento acorde a la ortodoxia del gobierno y su sumisión a la teología dominante. Las humillaciones e interrogatorios son diaríos, así como la participación obligatoria en ejecuciones públicas de criminales, herejes y pervertidos. El régimen omnipotente y omnisciente se impone de manera brutal sobre todos los aspectos de la vida ciudadana. O al menos intenta hacerlo.

La trama del libro gira alrededor del personaje Ati, que mediante un arqueólogo descubre de manera casual un objeto que parece contradecir la historia oficial que el líder Abi pregona sobre Yölah. La duda empieza a apoderarse de Ati y poco a poco se va sumergiendo en la búsqueda de la verdad. ¿Qué hay detrás del mito de Yölah? ¿Qué interés tiene el líder Abi en mentir sobre ello? Sus intenciones no tienen ningún componente político, ninguna intención de exponer o derrocar al régimen que gobierna, sino una búsqueda personal. Una necesidad de saber. De suplir una curiosidad. Pero el saber y la búsqueda de la verdad no son bien vistas por el régimen autoritario que no puede aceptar nada que no se ajuste a la versión oficial, y nada bueno puede esperar Ati al aventurarse en esta búsqueda.

En todo caso, la historia es secundaria, y su narración menos emocionante que las ideas que se exponen: los resultados del extremismo, su horror y la deshumanización de todos aquellos que no acaten sus normas. A banda de los actos barbáricos, la narración se centra en el componente humano, en la manipulación y opresión del régimen que consigue suprimir el pensamiento crítico e independiente de sus ciudadanos, despojándoles casi de todas sus cualidades humanas para el servicio del régimen.

El autor introduce numerosas referencias islámicas en el texto, y así por ejemplo, los salafistas pueden verse retratados en aquellos que describe como aquellos miembros que visten “túnicas largas y oscuras que colgaban a sólo seis dedos por encima del talón”. También es posible encontrar similitudes entre los acontecimientos de la vida del Profeta Mahoma con la de algunos representantes de la religión totalitaria imaginada por el autor.

La novela 2084 es sin duda el fruto de la historia de Argelia en las últimas décadas. Es un cuento con moraleja que alerta de los peligros de los extremos y sus consecuencias sobre los ciudadanos. Una obra que puede ayudar a entender los peligros de los extremismos y que al mismo tiempo puede ayudar al autor occidental a darse cuenta que existen voces seculares en los países árabes que abogan por la separación de poderes entre gobierno y religión, voces que existen y que merecen ser escuchadas para romper las concepciones actuales que llegan desde estas regiones del mundo y la tendencia a creer que sus sociedades son homogéneas.

La obra de Sansal no tiene los matices del original de 1984 de Orwell, ni los grises de Houllebecq donde se muestra como los ciudadanos comunes aceptan sin problemas y se someten a ideas que en otro momento encontraron atroces. En 2084 todo es blanco o negro, lo correcto e incorrecto quedan bien definidos desde el principio, su mensaje: la secularización de la política. Quizás por ello el libro no resulte tan polémico en Europa, tanto la izquierda como la derecha política asume el mensaje. Su mensaje es hasta cierto punto localista, poco generalista, que todo y sin mencionar el Islam aparece reflejado en la historia. No es un mensaje de alerta sobre el totalitarismo en general, independientemente de su naturaleza, y el recorte de libertades y pensamiento que ello supone, y en este sentido le resta universalidad a la obra.

Esto sin embargo no ha impedido que la obra goce de cierto éxito en Francia. La duda está entre que tipo de lector ha encontrado mejor acogida, si entre aquellos que se solidarizan con el pueblo argelino o entre aquellos que temen una propagación del extremismo islámico en Europa. Sin duda estos últimos encontrarán en sus páginas más argumentos a favor de sus ideas que en la obra de Houllebecq que les pudo resultar hasta cierto punto decepcionante, todo y horrorizarse ante la imagen de que algún día eso pudiese pasar en Francia. Sin duda la obra proporciona una visión simple y sin matices de queja justificada y condena a los regímenes árabes y el radicalismo musulmán de algunos de ellos. A algunos lectores ello les proporcionará unos escenarios horribles para reafirmarse en sus propias creencias en la libertad y del libre pensamiento, en otros puede incrementar sus miedos hacia el Islam y todo lo a ello asociado confirmando sus ideas extremistas contra los inmigrantes y con ello contra la libertad y libertad de pensamiento que creen estar protegiendo. Es lo que sucede cuando la respuesta al extremismo es otro extremismo.

Su autor ha acusado a Houllebecq de mostrar su temor ante el crecimiento del islamismo en Europa pero sin analizarlo adecuadamente. De mostrarse benévolo con sus consecuencias y quizás miedoso a la hora de expresar todos los temores que guarda sobre el tema. Sansal en este sentido conoce mejor lo que es vivir bajo un régimen islámico dominado por la religión y su ficción es mucho más crítica, tanto que incluso teme la reacción que los intelectuales argelinos residentes en Francia puedan pensar sobre su obra al poder contribuir a la islamofobia que pueden sufrir.

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